Solucionado el problema del destacador, viene el te
rrible y molesto ruido del taladro que el vecino decidió usar para poner ese último cuadro que no puso en el cambio de casa y que ¡pucha que se veia bonito en la otra casa!, y claro, así no se puede estudiar.
Pero el tiempo no puede ser desperdiciado, ya se hace cada vez más corta la tarde, así que para aprovecharlo nada mejor que lavar los platos que quedaron desde el desayuno amontonados en el lavaplatos; total, ¿a quién no le gusta tener olor a lavalozas y fritura en las manos?
La lista puede seguir a muchas otras inútiles actividades que no pudieron ser hechas en el resto de la semana, sino justo en esa tarde, la tarde que tenía que estudiar.
Suena el despertador al otro día, y lo primero que se me viene a la cabeza es preguntarme porqué no estudié un poco más, como si la respuesta no me estuviera penando por dentro como un finao con una tarea pendiente. Última hojeada a las resumenes, qeu nadie sabe cómo, han pasado de generación en generación, por manos de jóvenes tan desesperados como yo por hacer entrar en esos últimos minutos la materia que no entró en varias horas de vagancia.
Cuento corot, entro a la sala, miro cada una de las caras de duda y pánico escénico que hay repartidas, extranamente, por la parte trasera de la sala, y una cierta empatía me invade, como si eso me fuera a salvar al leer las preguntas.
Una vez fuera ya están todas las cartas jugadas y no hay nada más que hacer, más que vivir la inmensa alegría que me provoca, independiente de cómo me haya ido, el salir del enorme cacho de una prueba para la que realmente nunca quise estudiar.
Eso, hasta que a algún pelota se le ocurre empezar a contar lo bien que le fue y a comentar sus acertadas respuestas, que lógicamente no tienen nada que ver con las mías. Ahí entra el humor negro, que siempre me salva con la capacidad de reírme de mi misma, y es que mejor pasar por divertida que por llorona de última hora, porque, ¡obvio! QUIEN CANTA SU MAL, ESPANTA.
rrible y molesto ruido del taladro que el vecino decidió usar para poner ese último cuadro que no puso en el cambio de casa y que ¡pucha que se veia bonito en la otra casa!, y claro, así no se puede estudiar.Pero el tiempo no puede ser desperdiciado, ya se hace cada vez más corta la tarde, así que para aprovecharlo nada mejor que lavar los platos que quedaron desde el desayuno amontonados en el lavaplatos; total, ¿a quién no le gusta tener olor a lavalozas y fritura en las manos?
La lista puede seguir a muchas otras inútiles actividades que no pudieron ser hechas en el resto de la semana, sino justo en esa tarde, la tarde que tenía que estudiar.
Suena el despertador al otro día, y lo primero que se me viene a la cabeza es preguntarme porqué no estudié un poco más, como si la respuesta no me estuviera penando por dentro como un finao con una tarea pendiente. Última hojeada a las resumenes, qeu nadie sabe cómo, han pasado de generación en generación, por manos de jóvenes tan desesperados como yo por hacer entrar en esos últimos minutos la materia que no entró en varias horas de vagancia.
Cuento corot, entro a la sala, miro cada una de las caras de duda y pánico escénico que hay repartidas, extranamente, por la parte trasera de la sala, y una cierta empatía me invade, como si eso me fuera a salvar al leer las preguntas.
Una vez fuera ya están todas las cartas jugadas y no hay nada más que hacer, más que vivir la inmensa alegría que me provoca, independiente de cómo me haya ido, el salir del enorme cacho de una prueba para la que realmente nunca quise estudiar.
Eso, hasta que a algún pelota se le ocurre empezar a contar lo bien que le fue y a comentar sus acertadas respuestas, que lógicamente no tienen nada que ver con las mías. Ahí entra el humor negro, que siempre me salva con la capacidad de reírme de mi misma, y es que mejor pasar por divertida que por llorona de última hora, porque, ¡obvio! QUIEN CANTA SU MAL, ESPANTA.


